GEDA »Grupo Excursionista De Adultos
Historias y Anécdotas
LOS 20 AÑOS DEL GRUPO EXCURSIONISTA DE
ADULTOS DEL CLUB ANDINO BARILOCHE
Por Liliana Schiavo
Todo libro que se precie, debe tener un prólogo serio, sesudo. Para ello se convoca a un escritor reconocido, pero quién se animaría a ponerse serio ante un relato tan delirante? Así que nos lanzamos nomás a la aventura, adentrándonos en sus senderos.
CAPITULO I DE LOS FUNDADORES
Había una vez un guía de la Escuela Juvenil que a la par de sus seguidores, disfrutaba con cada salida a la montaña. Compartía con ellos cumbres, campamentos, zambullidas, travesuras y el amor por la montaña y la naturaleza. Pero toda esta felicidad de la experiencia vivida, era opacada por los padres con sus reclamos: ¿por qué permitió que mi hijo se embarrara las zapatillas nuevas?; ¿por qué durmieron bajo las estrellas si mi nene llevaba carpa?; ¿cómo consiguió que mi bebé comiera polenta si en casa no la prueba?; y así varios reproches más.
Después de varios años hubo que tomar una decisión drástica
para preservar la salud mental: eliminar a todos los padres (pero esto implicaba
intervención policial) o salir de excursión con adultos, que
ya no estuvieran bajo la tutela de padres o abuelos.
Las primeras salidas de prueba fueron con su señora y otro matrimonio,
al que luego de a poco se fueron sumando amigos, parientes y vecinos. Por fin
el grupo logró ubicarse también con un anuncio en la cartelera
oficial del Club Andino.
Así surgió Alfredo como guía, siempre alegre, siempre
justo, equilibrado, a quién no logramos poner de mal humor; es adicto
a los
budines y a la organización de paseos originales, misteriosos, fáciles
o difíciles, aún estrenando caminos o rutas en construcción.
Pero nuestro guía no vino solo, sino con la primera dama Erika, quién
no ha dejado nunca de cumplir con las engorrosas y aburridas tareas administrativas,
culinarias, económicas, etc. Hace años descubrimos su oculta
veta creativa, cuando, mediante un seudónimo, nos regaló el diseño
de nuestro escudo.
Pero fue una vieja amiga del Club, doña Helena – la brasilera – quien
nos dotó de un nombre formal G.E.D.A., grupo excursionista de adultos.
Tal vez, por celos de nuestra organización, muchos nos apodaron “el
PAMI”, o tradujeron GEDA como “geriátrico de altura”.
Pero volvamos al guía. Tal vez este líder no es consciente de
su descomunal pero envidiable tarea. El debe organizar la felicidad de sus
seguidores, y logra con creces su cometido, ya que tiene adeptos incondicionales
de varios países, religiones, lenguas, paladares y costumbres. Si se
candidateara para Intendente local arrasaría.
CAPITULO II CARACTERISTICAS Y ORGANIZACIÓN DE NORMAS
¿Cómo exponer ahora lo que mis ojos críticos
ven sobre el conjunto de personas que componen el GEDA?
Analizar en conjunto sería fácil; podríamos definirlos
como un grupo de seres con distintas capacidades físicas, adaptables
a todo terreno, que abandonan novios, maridos, amantes, nietos, trabajo seguro,
sin importar fechas patrias, religiosas o de guardar, día de la madre
o día del trabajador.
Pero, ¿cuál fue la filosofía que los impulsó, cuál
el espíritu que anima y logra nuclear en armonía a seres tan
heterogéneos? Tal vez, como todo club que se precie, la excusa fue la
práctica de una actividad física suave, donde no hay espacio
para la competitividad.
Siempre se convocó a personas comunes, no a experimentados montañistas
que ostentarán récords mundiales, y aunque todos soñamos
con arribar a la cima, también nos impulsa el anhelo de
compartir vivencias inolvidables con nuestro grupo de amigos, alejándonos
del mundano bullicio cotidiano.
Es innegable que con cada salida vamos adquiriendo conocimientos de la región,
de la diversidad de paisajes, ambientes, y con el auxilio de especialistas
que nos acompañan se va enriqueciendo
el saber de todos. Cada huella es un tesoro; cada flor diminuta entre las piedras
nos invita a descubrir su nombre, familia, y nos abalanzamos a fotografiarla;
cada trino que surge de la espesura, o el vuelo magestuoso del cóndor,
nos eleva con él por el cielo patagónico.
Como en todo grupo, nuestras fuerzas se suman y multiplican, y hacen que a
nada temamos. Esas fuerzas animan y apoyan al fatigado, impulsan al desganado
y hasta el vértigo desaparece ante una mano tendida.
Hemos aprendido bellas palabras como compartir, contener, postergar lo personal
en pos del bien general.
No niego que costó educarlos en las normas o mandamientos:
• No fumarás
• No hablarás de política
• No traerás perros y otras bestias peligrosas – salvo Lucky
que nos hace sentir ovejas descarriadas
• Ante cualquier pérdida, olvido o extravío, se crea la obligatoriedad
de traer chocolate
• Los cumpleaños no deberán ocultarse, aunque
la edad puede esconderse si se aporta torta, masitas o delikatessen
varias
• No envidiarás el equipo de última generación
de tus compañeros
• Trata de no faltar a ninguna salida para evitar las críticas
en ausencia.
Tuvimos que aprender a caminar en fila india, en las picadas estrechas,
y conformarnos con compartir la charla solo con el de adelante y
de atrás, aunque adiestramos
el oído para captar lo interesante que se conversa de 5 a 10 metros
más allá. Así si lo que deseábamos era intercambiar
recetas de panes, comidas vegetarianas o mermeladas, sabemos que el mejor sector
es el de Neva, Diana o
Erika. Si buscamos curas milagrosas con yuyos locales: Liliana, cual Machi,
tiene recetas para todo, hasta para el “mal de amor”.
Si de temas de alta tecnología se trata, los “atómicos” prodigan
información invalorable.
Pero si soñamos con viajar bien y barato, sin usar pasaporte, hay que
seguir de cerca a los que se castigan con periplos por las arenas de playa
e islas Caribeñas, como Diana y Carlos, Carlota o Hayda; o podemos conocer
las regiones arqueológicas centroamericanas, escalando ruinas junto
a Marcela, Roni o Liliana.
También hay posibilidades de inscribirse en los cursos que dictan Sylvia
y María Inés para aprender a subirse a un camello. Ellas se especializaron
en jeroglíficos egipcios.
Ni que hablar de las experiencias culinarias vividas por Helga en Thailandia,
Indonesia o Bali. Aclaro que no quiso dar detalle de las recetas afrodisíacas.
Los relatos de Alfredo y Erika van desde un detallado inventario de todas las
termas de Chile y Argentina, a cruceros de película por el Caribe, o
a la culta y milenaria Europa.
Con la noble excusa de acompañar a Roberto y María Esther, algunos
visitaron Santo Domingo, y otros, como Antonio, por la responsabilidad laboral
dejaron amigos del alma en Cuba, bucearon en Irán, practicaron francés
en Argelia e inglés en Egipto y Australia.
CAPITULO III OTOÑOS COLORIDOS Y SOLIDARIOS
Tal vez sea ésta una de las estaciones más esperadas
por los fanáticos de la fotografía, ya que munidos
de varias máquinas cada uno, y media mochila de rollos,
buscamos eternizar esa mágica luz otoñal y esa paleta
de colores que año a año se derrama sobre la región.
Así, nuestro líder busca esos valles de ñires increíbles,
o cerros que nos atraen sendero arriba en pos del bosque de altura, que nos
envuelve con su fuego asombroso.
Masha, Alicia, Liliana, Helga, Neva, José se retrasan, o adelantan,
se trepan a una roca o tronco, con tal de captar un instante único,
una rama escultural, un ángulo especial que eternice ese momento mágico
e irrepetible.
Pero también cada otoño nos unió la solidaridad, y muchas
escuelitas que costaba encontrar en el mapa regional, vieron llegar muchos
Papá Noel en zapatillas y mochilas cargadas.
Esas experiencias fueron siempre enriquecedoras, ya que lo material que aportábamos
era opacado por lo que nosotros recibíamos
de alumnos, maestros y pobladores. Compartimos con ellos más que un
mate espumoso: sus necesidades, proyectos, entrega amorosa de maestros, casi
siempre llegados de otras provincias, que con orgullo nos mostraban sus verdes
huertas entre guijarros patagónicos.
Conocimos a veces realidades dolorosas que nos enseñaron a valorar lo
que tenemos, lo afortunados que somos.
Cada año esta salida es la más melancólica, por que marca
el fin de una temporada y el inicio de un receso, ideal para el balance, imaginar
y programar nuevos desafíos.
CAPITULO III VIAJES LARGOS O EL SUEÑO DEL PIBE
Es innegable que muchos hombres sueñan con ver cumplirse
la estadística argentina “siete mujeres para cada
hombre”. Bueno, a uno se le cumplió el anhelo, ya
que nuestro guía lo cumple varias veces por año,
en cada viaje extenso.
La envidia no hace mella en Alfredo, pero cual ciervo celoso, no comparte su
harén con nadie, ni siquiera con gendarmes solitarios o carabineros
aislados. Al retornar de cada periplo, por carretera austral o septentrional,
por la famosa ruta nacional 40, se lo ve sonriente y orgulloso. Sus chicas
lo mimaron, consintieron, alimentaron y hasta bailaron solo para él
la danza del vientre, sin ropa y con luz de luna. ¡Ay! ¡Si los
pozones termales del Domuyo hablaran!!!
Cada año el GEDA vivió la llegada de uno nuevo, y no faltó la
del nuevo siglo, cargado de fe y deseos de seguir compartiendo lo mejor de
cada uno.
Estas salidas prolongadas refuerzan los lazos fraternos que de por sí nos
unen y permiten que los equipos que se forman para las tareas diarias, como
cocinar, limpiar pisos, lavar vajilla, se luzcan a la hora de presentar las
mesas coquetamente, hasta con candelabros y flores naturales. Como las noches
son largas, se organizaron desfiles de moda, cumpleaños de disfraces
donde fue premiado Ernesto por su look original al presentarse con una sexy
peluca dorada.
CAPITULO V CINCO ESTRELLAS
No siempre el GEDA duerme en el piso de escuelas o gimnasios,
o en ahumados refugios de montaña, en carpas o a la intemperie,
a merced de huracanados vientos patagónicos o interminables
lluvias que los convierten en botes inflables.
Nos hemos dado algunos gustos, como recibir el año con una visita al
volcán Osorno. Sí, a un refugio de montaña, pero de pisos
encerados, patines de franela y música ambiental que acompañó el
festejo danzante con gringos que nos miraban asombrados.
Al hablar de buena vida, recuerdo un grupo que se castigó en cómodas
reposeras, luego de bañarse en las afamadas termas de Puyuhuapi. Parecían
artistas de Hollywood posando con sus batas blancas.
Otras veces se buscaron exclusivos lodges frecuentados por pescadores extranjeros,
como el del río Baker en Puerto Bertrand, o el del Lago Inferior, donde
sólo faltó el caviar para agasajar a los caminantes.
Anualmente al instalarse el verano, Alfredo organiza la esperada excursión
al río Cuyín Manzano. Por suerte allí no llegan los tábanos!
Mientras nos insolamos por polvorosos caminos de faldeo, Erika, cual sabueso
de Scotland Yard, busca en el curso del río algún rincón
con pozones de agua tibia y un sector con jacuzzi para la relajación
a la hora del crepúsculo.
CAPITULO VI NUEVAS EXPERIENCIAS
A pesar de mantener en alto los lineamientos básicos del
Club Andino, cuyo lema madre es ”BAJO ESTE TECHO VIVE EL
AMOR A LA MONTAÑA”, a veces el GEDA se animó,
de la mano de sus guías audaces, a abordar nuevas experiencias
y disciplinas.
Somos gente de pies en la tierra, y quién dice “de pies en la
tierra” puede decir también, en pedreros interminables, o en cumbres
soleadas, ideales para siestas al sol, o atravesando mallines que remedan pantanos
tropicales, o vadeando arroyos correntosos que vuelven la piernas violetas
por el frío o se llevan para siempre algún zapatito de princesa.
En fin, nada ni nadie nos detiene a la hora de cumplir con la meta prefijada,
ni siquiera el ancho de un río o la punta del
rifle de caño recortado de un puestero o estanciero.
Por ello pensamos en alguna salida de rafting. El Parque Nacional
ostenta ríos
que van del grado 1 a 4, pero nuestro líder, descontando la osadía
de sus seguidores, decidió que debíamos iniciarnos en el Manso,
en el sector que llega hasta el límite con Chile y que cuenta con grado
3 – 4 al final del verano, a fin de producir litros de adrenalina.
Y eso fue justamente lo que hicimos algunos, cuando nuestro bote no consiguió cabalgar
sobre una ola, y casi todos fuimos al agua de prepo, para evaluar su temperatura,
la velocidad del rescate y la eficiencia del chaleco salvavidas.
Los que quisieron imitar a Leguizamo o a John Wayne, consiguieron realizar
expediciones a caballo y subieron hacia la laguna Ilón, o por las desoladas
laderas del volcán Puyehue. La reconocida amazona Elizabeth era la baqueana
en jefe y la seguían de cerca José, Sylvia, Alfredo, Luly, Neva,
Carmen, Angélica, Osvaldo, que entrenaron varios días en el Jockey
Club.
Como Alfredo y Erika son fanáticos lectores, inspirándose en “Viaje
al centro de la tierra”, organizaron la visita a la mina de oro de
Cerro Castillo.
Según la costumbre minera, ninguna mujer puede entrar al socavón,
y tuvieron que aguardar años hasta que se desactivó su explotación.
Así, sin violar la tradición, consiguieron entrar sin riesgos
a 200 mts. de profundidad. Dicen que ni con lupa y reflectores pudieron encontrar
pepitas de oro.
Otra expedición, menos ambiciosa, ya que no eran metales preciosos,
sino preciosas vivencias las que buscábamos, fue hacia las cavernas
de Las Lajas, en Neuquén. Esta vez disfrazados de mineros, con casco
amarillo y linternas frontales, nos adentramos hasta 2 Km. bajo tierra.
Algunos comentaron que sintieron haber ingresado a la máquina del tiempo,
ya que se volvieron bebés de meses, pues hubo que gatear para recorres
pasadizos bajos y a veces ingresar por estrechos orificios en sectores increíbles
como sus nombres: “la cámara de la virgen” o “la sala
del milagro”. La luz del día nos vio
salir sucios, embarrados, pero dichosos de una experiencia inolvidable.
Los volcanes han ejercido siempre sobre el hombre, cierta fascinación,
como para los Mapuches que aseguraban ser ese el destino final de los espíritus
de sus caciques y creadores de sus tótems.
Por ello, varios volcanes embrujaron al GEDA y munidos de trajes pintorescos,
mochilas con material de sobrevivencia, zapatones y piquetas, los expedicionarios
valientes, subieron laderas de lava y nieve en pos del cráter. Parecían
científicos audaces que no temían a una intempestiva erupción,
y cual sonámbulos ascendían en procesión, Alicia, Pablo,
Vilma, Julio, Mario, Neva, José, Regina.
También ingresaron luego a unas cuevas que la lava, en su curso de milenios,
fue formando y cristalizando.
Otro espíritu, el del Volcán Copahue, vio aparecer a orillas
de su cráter burbujeante a los que se aventuraron a subirlo con metros
de nieve bajo sus esquíes de travesía y ratraks mediante.
Lástima que la primavera pasó y el verano borró las huellas
que quisieron dejar para los que retornaron en Pascua. Otro paisaje los aguardaba,
el de laderas multicolores, araucarias centenarias que parecían ocultar
dinosaurios vegetarianos, y bucólicos arreos de piños
de cabras y ovejas que presurosos buscaban al este los campos de invernada.
Nuestros guías no suelen “dejarnos en la vía” como
diría la letra de un tango, pero sí, nos han llevado a recorrer
kilómetros y kilómetros por históricas vías férreas.
En dos oportunidades, los pacientes pasajeros de “La Trochita” se
vieron invadidos por el bullicioso y bien organizado GEDA: comida por toneladas,
bizcochitos para interminables y espumosos mates, bolsas de leña para
la siempre hambrienta salamandra. Cual niños peleábamos por viajar
en las locomotoras y asustar con el humo y las pitadas a las lanudas ovejas
y cabras que veían pasar a reliquias de casi 60 años. Viajamos
felices en coches de primera, soñando con descansar en una confortable
cama de hotel en Ing. Jacobacci, al que arribaríamos – según
cronograma – a medianoche. Pero la sorpresa fue que a medianoche nos
despertó el silencio, el rumor y vibración
del movimiento no se percibía, nos bajamos todos comprobando
que estábamos en mitad de la estepa, en noche de luna llena,
pero habíamos sido abandonados por la locomotora.
Gracias al rezo en conjunto y una sesión doble de control
mental, conseguimos llegar sanos, salvos y mal dormidos a Jacobacci,
donde nos castigamos con un chivito asado para olvidar el mal trago.
Nadie imaginó que Alfredo tenga tantas influencias en el Gobierno Provincial,
pero quedó demostrado que sus pedidos son órdenes, ya que ante
la necesidad de viajar en tren a un campo en cercanías de Comallo, fue
agregado expresamente un vagón con calefacción para el GEDA y
el servicio normal incluyó una parada especial. Fuimos un poco el centro
de atracción, ya que los pasajeros eran gente de campo, familias paisanas,
que miraban azorados tantos “turistas” con mochilas, bastones,
zapatos de trekking, y nos preguntaban ¿de dónde son?, ¿adónde
van?
Tanto a la ida como al regreso, improvisamos una estación en la mitad
de la nada: el grupo, opíparamente satisfecho de los chivitos asados
de la cena, ganó el terraplén y como es nuestra costumbre, en
fila india retomamos una recta esperando el convoy. Los pasajeros miraban boquiabiertos
el andén de lujo que empleábamos para
montarnos al tren: una silla de madera con forma de trono nos acercaba al altísimo
escalón del vagón.
Pero la mayor experiencia férrea la vivimos en Río Chico, otrora
una estación del ramal que cubría “La Trochita” en
el sector de Río Negro. Aprovechando el abandono y olvido oficial, muchos
fanáticos de los fierros y los trenes, volcaron todo su amor y muchas
horas de trabajo gratuito, para construir y poner sobre esas vías dormidas,
una zorra. Pero ésta, que no sirve para estolas o tapados femeninos,
no es a manija sino a motor Citroen. Los hacedores de tal proeza, fueron comandados
por Hugo, quien nos invitó a compartir un viaje a cielo abierto. Fue
emocionante partir del pueblo, saludados por rostros asombrados y manos que
se agitaban como mariposas. También lo fue el cruce sobre el Río
Chico por un extenso puente de hierro de 105 m. que perdura firme como testigo
de una proeza que acuñaron
tantos gringos que trabajaron en su construcción. Luego
nos aguardaba un túnel cavado en la roca virgen, y por fin
la soledad de estos parajes desolados hoy, pero llenos de fantasmas
del pasado.
Como el receso invernal se nos hace eterno, instamos al guía
en jefe a organizar algo, aunque sea con la nieve hasta la rodilla.
Para no sacrificarnos preparó una raqueteada en grupo. NO, no para jugar
al tenis sobre cancha lenta de nieve honda, sino para caminar por los senderos
habituales del valle del Challhuaco, pero usando modernas raquetas. La vivencia
fue maravillosa, y sintiéndonos un poco yetis de pies enormes, hollamos
la nieve virgen, iluminada por un sol, a la medida que transformaba los cristales
en miles de diamantes tornasolados.
CAPITULO VII GASTRONOMIA
A medida que el grupo se fue afianzando, y como todo se comparte,
léase, comer bajo la lluvia, matear tiritando castigados
por gélidos vientos, cocinar con luz de luna, etc.; hubo
que comprar lo
necesario para estos menesteres. Sin acudir a una lista de casamiento
en “casa Elvira”, vimos aparecer pavas relucientes,
que el fuego fue volviendo oscuras; coladores que terminaron abollados
rápidamente; cacerolas que hicieron recordar a más
de uno su época de servicio militar.
Si algo fue caracterizando al GEDA, es el tema “COMIDA COMUNITARIA”,
la que se prepara en salidas de más de un día. Cual hormiguitas
o abejas obreras, cuchillo en mano, compiten codo a codo, mujeres y a veces
hombres osados, en el mágico ritual de pelar, cortar, picar y rallar.
Al poco rato se elevan aromas casi afrodisíacos provocados por especias
aportadas de jardines ocultos, u hongos alucinógenos de procedencia
dudosa.
El toque final lo da un brebaje a veces tinto, a veces blanco. Estos
perfumes han atraído a guardaparques, pobladores cercanos
y aves nocturnas que sueñan con ser invitados al festín.
Terminado el aquelarre de cocineros y chefs improvisados, una poco
ordenada fila, formada por quienes se parecen más a integrantes de un campo de
refugiados que a famélicos deportistas, dan cuenta en minutos del guisote
vegetariano y del otro, que suele acompañar arroz, polenta sin grumos
o fideos. A veces se liquida la 2º o 3º porción, pero en las
noches muy frías todo es poco, y suele escucharse el inequívoco
rumor de cucharas raspando el fondo de la olla.
Pero, para no ser rutinarios, se experimentó con truchas al palo, aportadas
por los fanáticos pescadores del grupo: Ernesto o Martín; o el
famoso pan al rescoldo, que ayudamos a levar mediante nuestra telepatía
y mirada ansiosa.
Vía e-mail siguen pidiendo la receta de las tortas fritas de Erika,
pero esta receta ancestral es guardada celosamente vía materna para
ser transmitida oralmente a hijas y nietas.
En los últimos años el GEDA ha elevado su cultura alcohólica
y no faltan los que van montaña arriba y vuelven montaña abajo,
cargando botellas vacías de tinto, o los que iniciaron el vicio del
pisco antes de dormir.
Cual película romántica, en otoño, mientras subíamos
al cerro
Hielo Azul atravesando el colorido bosque de lenga, nos detuvimos para almorzar,
y como por arte de magia Virginia y Miguel compartieron con todos una botella
de champagne para celebrar y agradecer la vida.
Falta mencionar en este “rincón del enólogo”, a las
chuchis, las que se dedican a degustar y dar opinión sobre los licorcitos
caseros de Liliana. Se ríen de todo y de nada, mientras la petaca va
y viene, viene y va, por la ronda en torno al fogón.
Finalizando el otoño, llega el turno del festejo anual o fin de temporada.
Como invitados a un asalto de secundaria, los chicos aportan las bebidas y
las chicas la comida. Aparecen así las infaltables tartas de fruta de
Susana, o los huevitos rellenos de Hayda, o los piononos de Sylvia o canapés
de Carmen. Pero la muy esperada es la
dueña de la asadera negra de 40 x 30 cms.; todo lo que Neva
prepare en ella desaparecerá en instantes.
De tanto extrañarnos en invierno, se organizan salidas “gastronómicas” con
poco consumo de energía, pero sí de deliciosos platos acompañados
de perfumados tés de mosqueta o frutales. Se ameniza la reunión
en alguna casa amplia, con fotos de viajes, videos y anécdotas varias.
CAPITULO VIII AVANCES TECNOLOGICOS
En los primeros años de paseos, cuando arribábamos
a una cumbre, el guía desplegaba algún mapa o carta
del Instituto Geográfico Militar, para orientarnos en la
ubicación de cerros vecinos, lagos o ríos.
Con el tiempo contábamos ya con altímetros, y luego varios GPS.
Pero a veces, aunque Roni muestre 3 ó 4 mapas que esconde celosamente
en un tubo plástico negro, o “los atómicos” interpreten
las mediciones de los barómetros, pluviómetros, radios, celulares,
cronómetros, centrales meteorológicas portátiles y sofisticadas
brújulas que portamos, es Alfredo quién tomando un palito del
suelo y
reloj pulsera mediante, marca el norte y también el sentido correcto
de nuestros pasos. Y, son años, viste!!!
De tanto estudiar mapas buscando nuevos destinos para futuras salidas, Alfredo
dio con un cerro que no tenía nombre, y se organizó la expedición
exploratoria. Una vez reconocido y escalado sus 2376 mts. s.n.m., se tramitó ante
las autoridades nacionales el derecho de bautizarlo con el nombre que nos caracteriza,
distingue y es nuestro orgullo: “GEDA”.
Pero no fue esta proeza la que atrajo a periodistas locales, que realizaron
reportajes que se publicaron en la 1º plana en color, y a doble página
en matutinos provinciales, o a los que subieron con
nosotros varios cerros para luego proyectar las agitadas imágenes
del camarógrafo por programas de televisión de la
ciudad. Se admiraron de nuestro compañerismo, metodología
y organización, y creo que envidiaron los años de
permanencia como grupo de metas definidas.
CAPITULO IX NUESTROS GUIAS
Durante años Alfredo fue nuestro guía exclusivo,
pero a medida que el grupo crecía, se hizo necesario contar
con otros y también ayudantes. Alfredo, Roni, Ernesto – qué difícil
resulta referirse a ellos con justicia e imparcialidad! Podríamos
lograrlo si fueran extraños, pero prima el sentimiento,
la emoción y el afecto que nace de tantas experiencias compartidas.
Cada uno tiene su personalidad, carácter y humor. Cada uno
su ritmo seguro al andar, su forma de preparar el rico mate cocido
a compartir con el grupo.
Ya conocemos sus gustos culinarios y sabemos como mimarlos: a algunos con budín
y granola, a otros con cerveza bien fría, o transmitiendo experiencias
de huerta orgánica. También eligiendo buenos lugares de pesca.
A otro hablando de las bellezas de
Centroamérica y su gente, o regalándole recuerdos de los pioneros
o
sus fotos amarillentas, ¿y por qué no alguna pluma de rapaces?
En verdad, los necesitamos, cada vez que un arroyo se interpone y requerimos
de una mano para sentirnos seguros al caminar sobre troncos delgados o pequeñas
piedras. Cada vez que nos fatigamos y pedimos paciencia, o ante un síntoma
de vértigo. Cada vez que con su humor nos hacen olvidar algún
pesar o preocupación, y disfrutar de una jornada única.
CAPITULO X PERSONAJES Y ANECDOTAS
Homenajeando a los tangueros del grupo: Silvana, Daniel, que
no se pierden ni una clase, pero no se animan a bailar en público,
diremos que veinte años no es nada y que el GEDA, como Gardel,
cada día funciona mejor.
Y es así porque nuestro líder supo imprimirle el sello de la
tolerancia, la comprensión y con buen humor, nos reímos de nuestras
manías y actitudes.
¿Por qué habríamos de enojarnos con los que roncan de noche?
Basta con comprar tapones de siliconas para los oídos.
¿Por qué envidiar a Elizabeth, Irene o Karin, que cuales sirenas
del Polo Norte, se atreven a nadar en el primer charco frío que cruzamos?
¿Por qué pretender robarle a José su bolsa de agua caliente,
si existen sacos de dormir con gatos calientapies incluidos?
¿Por qué disgustarnos con la profesora de artes plásticas,
cuando no nos enseña a pintar acuarelas como Diana, bajo la llovizna,
o en medio de una nevada, si podemos imitar a Erika, que dibuja en su acogedor
hogar lo que ha captado su corazón?
¿Por qué tener celos de Antonio, cuando en cada cima o caverna,
es rodeado por el grupo mientras le cantan a coro “sacá tu mate
Antonio que las chicas te reclaman”, si todos podemos emularlo con equipos
de última tecnología?
¿Por qué no aprender de Arturo su ternura al esperar al rezagado,
o la calidez de su mano ante un cruce complicado? ¿Por qué no
imitar su humildad, si es contagiosa?
¿Por qué hacer cursos de Primeros Auxilios si la infatigable Dra.
Luly carga con medicamentos, vendas, camilla portátil y bisturí para
casos de urgencia?
¿Por qué no tomar Lexotanil, en vez de envidiar a Angélica,
que logra dormir su siesta en cualquier lugar y posición, sin importarle
nuestra charla bullanguera?
¿Por qué extrañar a Salvador o a Osvaldo, si siempre encuentran
el camino pavimentado que los acerca a alguna excursión?
CAPITULO XI PRESENTE Y FUTURO DEL GEDA - FINAL A TODA ORQUESTA
Con los años, vimos formarse varias parejas, Cecilia y
Charly, Ernesto y Cecilia, Norma y Jorge; nacer hijos y nietos,
separaciones y reencuentros amistosos.
Organizamos también festejos especiales: el decenio de Mario, para el
que eligieron las alturas del Piltriquitrón, o el hogar de Meiling en
el Otto. El de nuestro líder Alfredo emuló hasta en detalles
de producción al programa “Sorpresa y media”.
Año a año el grupo se fue afianzando, los de siempre, los expertos – por
no decir veteranos – fueron uniéndose a los nuevos de cada temporada,
los que a veces desaparecían cual golondrinas, o se amalgamaban como
musguito a los troncos añosos.
Con el paso del tiempo los más jóvenes se tornaron pacientes
al paso menos rápido, y buscaron el calor y la quietud del fogón
para compartir las charlas y volverse más sabios al captar experiencias
de vida.
¿Cuál será el futuro del GEDA? No es difícil imaginarlo:
Mientras haya gente sensible a la belleza que nos rodea, y desee ser parte de ella en armonía, el GEDA estará vivo y en marcha.
Junio 2003
