Crónica de una ascensión al cerro El Coihue
(Caminatas con cumbre)
El despertador sonó a las 3:45 de la madrugada. No era una broma ni un despiste. Empezaba la tercera temporada de Cumbres, y no hay madrugón que enfríe el entusiasmo de retomar las salidas. Porque la montaña genera un poco de adicción, y Cumbres también.
El invierno se me hizo demasiado largo, y esta primavera pasada por agua y sin sol se me metió en los huesos como un mar de nubes interminables. Por eso, cuando publicaron la convocatoria, no tardé ni un pestañeo en inscribirme. Claro que sí. Vamos a conocer el cerro El Coihue. ¿Hay que estar en el Club a las 5:30? ¡Por supuesto! El cómo ya se verá. ¿Dónde queda El Maitén? No sé. Después habrá tiempo para entrar en detalles. ¿1200 metros de desnivel? Genial. ¿15 km totales? La idea de «progresivo» no está en la agenda. Confiamos, pero no es una fe ciega: son muchas aventuras y aprendizajes compartidos con Iván y Newe.
Bajo caminando por Quilpo. Respiro el aire frío y húmedo de la madrugada. La luna está casi llena y me despide como una madre el primer día de escuela. Amanece sin apuro. Nos encontramos con Newe cerca de Bahía Serena y aprovechamos el trayecto al club para ponernos al día. Todos llegan puntuales: los reincidentes y las caras nuevas. Nos distribuimos en los autos. Partimos. Hay alegría, impaciencia.
Salimos de Bariloche por la Ruta 40, atravesando bancos de niebla entre mates y galletitas. Los ciento cincuenta kilómetros son llevaderos porque nos permitimos hacer chistes y planes. Y porque sentimos, por primera vez en mucho tiempo, que la primavera ha entrado de verdad. Todo está verde y fresco. La retama, que se demora en Bariloche, florece en la comarca. Los ríos, las cascadas, los arroyos bajan cargados de agua.
Más agua que de costumbre. De los seis autos, solo tres pueden vadear los arroyos crecidos que atraviesan el camino rural hacia la casa de Julio César, donde está previsto que estacionemos. Parte del grupo hace los vadeos a pie. Los conductores desafían un escalón de arena, tierra y arcilla que a mí me parece demasiado alto. Iván intenta derrumbarlo a pisotones. ¿Dónde hay una pala cuando se la necesita?
La camioneta de Javi primerea con decisión. La rueda delantera es un molinete que dispara rayos de agua. Parece que no. Pero sí, lo logra. Después es el turno de Mariana. Y no le tiembla el pulso. Arremete. También lo consigue. Raúl hace un cruce rápido y limpio. Aflojo los hombros en el asiento de atrás. Primera prueba superada. El camino no empieza en la senda, sino cuando salís de tu casa, como bien sabe Bilbo Bolsón.
Nos agrupamos frente a la casa de Julio. Iván nos aconseja desabrigarnos, pero estamos adormilados por el viaje y preferimos la fastidiosa «parada para desabrigarse» a un golpe de frío mañanero. La primera parte de la senda es camino para autos y cabemos casi de a tres. Hay aire en los pulmones. Las conversaciones fluyen. Cruzamos un par de arroyos buscando las piedras firmes. El bosque es fragante y todavía está perlado de rocío. Pronto el camino se estrecha. Es una senda fácil de seguir, pero la señalización desaparece por completo antes de dejar atrás las últimas lengas.
Todavía en el sendero, vemos huellas de animales. Newe parece un detective en la escena del crimen. ¿Ciervo? ¿Zorro? ¿Puma? Un puma grande. La huella es profunda, clara y reciente. Bajaba. ¿Hace cuánto? Supongo, pienso para consolarme, que veintidós seres humanos marchando en fila india y respirando como si estuviesen solos en el mundo son una multitud abrumadora para el puma. No logro relacionar el tamaño de la huella con la envergadura de su propietario. Y rebusco otras ideas con las que entretenerme.
El sendero se pierde. Sin más. Nos abrimos paso a cara de perro por un breve tramo de lengas, pero las dejamos atrás con la ropa intacta y sin arañazos. Un paseo de niños, si lo comparamos con la bajada del cerro Marino al valle del Goye.
La pendiente se vuelve pronunciada. Vamos por un surco arenoso y húmedo por el que habrá corrido agua de deshielo hasta hace unos días. Hay algunos sectores de piedra suelta que nos obligan a prestar atención. Los de arriba tienen que ir con cuidado para no provocar desprendimientos. Los de abajo tienen que ponerse fuera de la trayectoria de las piedras. Cuando finalmente salimos de este embudo, el paisaje se despliega ante nosotros. Se ven las dos cumbres del cerro, ambas de unos 1940 metros de altura, y el largo filo que las conecta.
Hacemos una parada de diez minutos para picotear, reponer aire y observar. Cada uno mide sus fuerzas. Falta mucho y falta lo mejor. La cumbre a nuestra izquierda, la más cercana, parece una fortaleza inaccesible. Es una sucesión de crestas negras que emergen del filo. No entiendo cómo vamos a llegar hasta ahí. Alguna manera habrá, como siempre. Desde donde estoy, la ruta es apenas una hipótesis.
Nos ponemos en marcha. Desfilamos por el borde de un gran paredón que cae a pique a la derecha. Los ojos quisieran ver qué hay al fondo, pero no encuentro ni el ángulo ni el valor. El terreno sube y sube sin descanso. En los tramos más empinados, avanzamos en zigzag. Pasos cortos. Medidos. Muchos callan, centrados en la respiración. Aunque tengo poco aire en los pulmones, siento que el corazón se expande. Al levantar la vista, tropiezo con el cerro Azul, todavía bastante nevado. Mi mirada se desliza por sus pedreros hacia valles estrechos y distantes. Veo también un osario de troncos, los restos grises de antiguos incendios. Lenguas de bosque quemado trepando las laderas. Y algún pino invasor que nos hace fruncir el ceño.
Hacia el oeste se abre, verde y extenso, el valle de Epuyén. A nuestros pies, brotando del suelo arenoso, flores inesperadas. Y con la excusa de una foto, hacemos una pausa para llenar los pulmones. El ascenso no da tregua. Newe, delante, marca el ritmo sin concesiones. La cumbre no se puede escapar.
Hacemos un nuevo alto en la antecumbre. No es una parada para comer, aunque manoteamos algo para masticar. El último tramo merece un largo suspiro. La cumbre está entre las formaciones rocosas que coronan el sector izquierdo del cerro. Pero no vamos a subir en línea recta sin más. Lo sensato es desviarnos un poco hacia la derecha, alcanzar el filo y, desde ahí, buscar las pasadas hasta una roca en la que vemos sobresalir un palo corto, grueso y enigmático. ¿Palo de cumbre? Habrá que ver.
Echo cuentas. Le calculo cuarenta minutos. Pero llegamos en veinte, resoplando. Del humilde «palo de cumbre» sobresale un alambre que implora. Quién sabe. Tal vez tuvo un pasado de cruz. Pero no hay espacio para tantos pájaros en este nido. Decidimos explorar las crestas rocosas del filo y buscar un lugar protegido del viento, con vistas y sol para almorzar. ¡Casi nada! Pero estamos de suerte, porque el lugar existe sin que lo inventemos. Nos desplegamos como una guirnalda al pie de un gran puño de roca que se levanta contra un cielo límpido.
Iván y Newe se montan sobre la mole de roca para investigar. No es tan compacta como parece. Algunos se animan a seguirlos. La última trepindanga. Para Iván, lo importante es sentirse cómodo. Y recordar que destrepar no suele ser igual de sencillo que subir. No siempre es necesario negociar con el miedo.
Desde el punto más alto se puede ver la laguna Mercedes, los flancos del cerro desplomándose en el vacío, las nubes como rebaños sin pastor. Mis ojos balconean el paisaje, pero de pronto siento la imperiosa necesidad de volver a mí, de verme los pies. Al bajar la mirada, descubro una antigua botella de vidrio. Es chata, ancha y petisa. La tapa oxidada todavía gira. Dentro se ven dos rollitos de papel. Alguien habrá brindado con ese licor y nos habrá dejado palabras que ya no podemos leer. Quizá nombres. Fechas. Algún agradecimiento. Me prometo imaginar esa historia en casa, mirando el fuego cuando otro invierno interminable me retenga puertas adentro. Pero hoy no es ese día.
Almorzamos con parsimonia. Nos calentamos al sol como lagartijas. Nos reímos entre mate y mate. Algunos dormitan. Otros contemplan. A las dos de la tarde, emprendemos la retirada. En el bosque hacemos una variante que le juega una mala pasada a nuestro sentido de la orientación. De pronto surge la pregunta que se habrán hecho Hansel y Gretel una y otra vez: ¿Ya pasamos por acá? Recuperamos la calma cuando empalmamos con el sendero. Abajo nos espera la torta que Silvina preparó para festejar el cumple de Iván. Venimos con el pensamiento fijo en la torta. Torta con vela, como corresponde. Y con cantos, aplausos y deseos.
Victoria Riobó
28/10/2026
Un agradecimiento muy especial a Iván Bonacalza, Newen y Axel, que por tercer año consecutivo sostienen con sus propuestas el grupo Caminatas con cumbre. Y a cada uno de los compañeros con quienes compartí esta salida. Algunas de las fotos que acompañan este relato son de Paula y otros compañeros. ¡Gracias por ellos también!
